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¿HACIA UNA SOCIEDAD DE MACARRAS PIJOS Y PIJOS MACARRAS?

Me ha llamado la atención este articulo de http://www.elconfidencial.com/, y más concretamente de su sección Alma, Corazón y Vida. Lo reproduzco entero pues creo que tiene mucho interés al describir cómo en la sociedad actual se ha perdido totalmente de vista el objetivo humano de superación personal basado en valores éticos. Si hace algunas décadas ya anticipábamos una deriva de los más jóvenes hacia valores superficiales, hoy nos encontramos con una sociedad en la que los objetivos materiales ya no son cuestionados y son aceptados con una pasmosa naturalidad.
Así nos encontramos con que un altísimo porcentaje de los jóvenes que han abandonado los estudios se creen con derecho natural a enriquecerse y no apuestan por crecer como individuos cultos y sofisticados, pero si en rodearse de marcas que les den un “plus” de lujo a la imagen que pretenden proyectar. Nada les preocupa el no saber hablar correctamente su propio idioma, tener unas nociones básicas de geografía o política, pero quieren tener un BMW. Confunden el derecho que todos tenemos a progresar en la vida con el derecho que creen tener a enriquecerse sin el esfuerzo y la superación personal que supone el estudio, el perfeccionamiento y la profesionalización.

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 Chelo se sienta en su sofá vintage y se enciende un canuto que tumbaría a un profesional mientras sostiene un tazón de Nesquik recién hecho. “A mí el look Irma la dulce siempre me gustó mucho”, dice… El saloncito de su amplia casa en un barrio de clase alta es un jardín -plantas por todas partes-, y en las paredes hay fotos de películas de Godard y un retrato de Virginia Woolf. Hablamos sobre cosas que ella conoce bien. Decía el antropólogo francés Edgar Morin en Diario de California sobre los hippies de los sesenta que “la suerte de estos hijos de ricos es que pueden ser felices siendo pobres”. Varias revoluciones después, los niños pijos son felices pareciendo macarras y los macarras tratan de serlo pareciendo pijos: puede que vayan de saqueo, como ocurrió en las revueltas británicas, pero lo hacían vestidos de Burberry.
Aurelio no es muy claro explicándose, porque lo suyo es la acción y no las palabras, pero unas cuantas birras después, el retrato, real como la vida misma, es entre cómico y desolador. Forrado de ropa de marca, como un chulazo de televisión, lleva siempre “cash” encima (en torno a los dos mil euros) y aborrece los baretos de mala muerte que fueron el paisaje de su infancia. Cuando las cosas marchan y no está “a la sombra”, a él le van los reservados en discotecas de moda y las tías buenas en las que difícilmente ve mujeres. Por supuesto, Aurelio es extremadamente puntilloso con la estética: su look de adefesio ha costado mucha “pasta” y muchas “comidas de tarro”. Su cuerpo, sin un pelo, también.
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“Estos macarras son una pandilla de niñatos”, reflexiona Chelo en su habitación (propia) “y son mucho más víctimas de las modas que nadie. Sus iconos vitales, básicamente, son futbolistas, ya sabes, Ronaldo, Guti… Ir a ver cómo compran zapatillas, por ejemplo, es un espectáculo. Y son absolutamente misóginos. Todo ese rollo rapero ha hecho mucho daño”. Tanto que, recientemente, hasta la misma Demi Moore entró en la polémica por medio de su Twitter cuando respondió a un mensaje de la modelo y actriz Kim Kardashian titulado “Big Pimpin” diciendo que “necesitábamos dejar de glorificar la cultura del macarra (pimp) ya que esa gente no son más que traficantes de esclavos”.
No saben quiénes son
Esta mezcla de tendencias, con chicos bien jugando a ser malos y chicos malos pretendiendo ser ricos, interesa por igual a modistos, sociólogos y psicólogos. Quizá porque, como apunta la diseñadora Laura Caicoya, “la moda se ha apoderado de todo”. Lo que es o no es no importa, importa lo que “es tendencia”. Y la tendencia, como todas, puede empezar como suave fijación estética y terminar en modo de vida.
En esa dirección apunta precisamente José Ángel Bergua, sociólogo y profesor de la universidad de Zaragoza, autor del ensayo Diseñadores y tribus. “Vivimos en un mundo de heterogeneidad débil, donde hay un conjunto de diferencias que lo son sólo en términos superficiales. La circulación de modas tiene que ver precisamente con eso: que pasen los significantes y desaparezcan los significados. El mundo está poblado de personas que han olvidado de dónde vienen y lo que en el fondo son”. Parecida idea, desde el mundo de la moda, apunta Caicoya: “Las grandes marcas lo despersonalizan todo”. Cree que, en definitiva, el trabajo de los traídos y llevados coolhunters sólo logra que al final todos apuesten al tiempo por las mismas tendencias y se resienta gravemente la creatividad. Para ella, todo es ahora mucho más unificado y baldío, paradójicamente, “debido al exceso de información”.

En esa abundancia indiferenciada se mueve nuestra sociedad. Y por eso los signos distintivos claros, como las marcas, atraen tanto, ya que ofrecen cohesión en un mundo difuso. Como señala el profesor de sociología de la Universidad de Barcelona Salvador Cardús, llevamos mucho tiempo equiparando marca con distinción. Por eso “los niños sólo quieren ponerse determinadas zapatillas o los adultos no quieren tener un coche, sino un BMW” como si el éxito y el respeto estuvieran identificados con la posesión de esos bienes.
“Llevan más escote que yo”
Sin embargo, la influencia más relevante, asegura Cardús, no es la proveniente del mundo de la moda, sino la del grupo. Los fenómenos de imitación, buscando la aprobación del colectivo al que se pertenece, resultan decisivos en las elecciones estéticas. “Un joven de clase alta no va a vestirse de pobre porque vaya a pedir por la calle, sino porque busca identificación con el grupo. Es muy evidente en los indignados, que van todos como si fueran de uniforme, simulando una actitud rebelde a través de un look que les cuesta mucho (tiempo o dinero) mantener”.
En definitiva, vivimos en un mundo raro en el que Sartre se cruza con H&M y Zara. “La aparición de H&M allá por el 99 o así lo cambió todo”, dice Chelo. Hablamos de la moda de los calentadores, de la película Yo soy La Juani y del efecto Mujeres y Hombres y viceversa (el programa de televisión): “Ellas vestidas como putas y ellos… también. Van más depilados y llevan más escote que yo”. Fenómenos paradójicos de una sociedad, según Bergua, “cuyos signos tienen un fuerte espesor semántico”.
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