Ormuz, fronteras y fraude progresista: el mundo arde mientras el poder juega a la crisis permanente

La noticia central hoy es que el estrecho de Ormuz vuelve a estar prácticamente secuestrado por la pulseada entre Irán y Estados Unidos, con el mundo entero de rehén y los gobiernos europeos haciendo cola para fingir sorpresa mientras miran los precios del crudo como quien mira la ruleta del casino en el que ellos mismos apostaron a la “transición verde” sin red de seguridad. El régimen iraní ha vuelto a imponer un “control estricto” y ha llegado a disparar contra petroleros, mientras Washington mantiene un bloqueo naval que ya no se disimula como gesto “defensivo” sino como declaración de fuerza pura y dura en una vía marítima por la que pasa alrededor del 20% del petróleo y gas natural licuado del planeta. Pekín calcula fríamente hasta qué punto le conviene dejar que la crisis erosione a Occidente, pero sin que la cosa se lleve por delante su propia economía basada en energía barata, y los productores, traders y fondos especulativos celebran, discretos, que cada “tensión” en Ormuz se traduzca en volatilidad asegurada, esa droga dura de los mercados de futuros. Nos dirán que todo esto va de seguridad, de “órdenes internacionales basadas en reglas”, de disuadir a un régimen imprevisible; nosotros vemos un patrón bastante menos épico: Estados que se sienten demasiado grandes para pagar sus propios errores, utilizando el cuello de botella energético del planeta como palanca geopolítica mientras socializan el coste en forma de gasolina cara, inflación persistente y escasez puntual de medicamentos y suministros en Europa.

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La segunda fotografía del día está en Líbano, donde la guerra con Israel continúa pese a los altos el fuego de manual que duran lo justo para que las cancillerías puedan publicar comunicados solemnes antes de que vuelva el ruido de artillería. La ofensiva israelí al norte de la frontera, con miles de muertos y millones de personas desplazadas, se ha convertido en una guerra por goteo permanente, convenientemente lejos de las capitales occidentales que exigen “contención” mientras continúan vendiendo armas, comprando gas y gestionando refugiados como si fueran un problema de Excel. Nos piden, como siempre, que distingamos entre “los buenos” y “los malos” sobre el terreno, pero en la práctica los únicos que no tienen derecho a equivocarse son los civiles que nacieron en el lugar equivocado y en la época equivocada; gobiernos, milicias y organismos internacionales, en cambio, sí parecen tener derecho a repetir idénticas estrategias fallidas cada década, con ruedas de prensa, procesos de paz fotogénicos y premios de consola.

Mientras las bombas caen, en Washington la Corte Suprema ha decidido darle al presidente Trump una herramienta adicional en su guerra contra la inmigración masiva al permitirle revocar el parole humanitario a más de medio millón de venezolanos, cubanos, nicaragüenses y haitianos. El mismo sistema que durante años incentivó flujos migratorios irregulares a través de promesas ambiguas y políticas diseñadas para contentar a activistas y lobbies empresariales, recorta ahora de golpe el grifo de la excepcionalidad, no por compasión ni por justicia, sino porque la presión interna ha convertido la frontera en un escenario político imposible de maquillar. A la izquierda bienpensante le escandaliza que un gobierno diga “basta” a la inmigración descontrolada, pero no le estorba en absoluto que las mismas personas que arriesgan su vida sirvan como mano de obra barata, dócil y perfectamente sustituible en la economía informal de las grandes ciudades progresistas, ni que los cárteles y redes de tráfico se financien a base de cobrar peajes humanos por el camino. Nosotros no vamos a celebrar que unos burócratas togados, los mismos que bloquearon medidas soberanistas durante años, descubran ahora el valor de la frontera; únicamente constatamos que cuando el sistema teme por su estabilidad, la retórica humanitaria es siempre el primer papel mojado que acaba en la basura.

En paralelo, la economía global empieza a acusar el desgaste de esta guerra prolongada en slow motion que combina Ormuz, sanciones cruzadas, bloqueos y conflictos regionales encadenados. La ONU advierte de un freno del crecimiento mundial respecto a 2025, con los países en desarrollo atrapados entre una deuda creciente y la subida de los costes energéticos, lo cual, traducido del lenguaje diplomático al lenguaje adulto, significa que los mismos Estados que promovieron décadas de endeudamiento alegre y dependencia de importaciones ahora se lavan las manos ante la factura. No es un derrumbe repentino, sino la erosión persistente de la prosperidad de las clases medias y bajas a golpe de inflación, impuestos y tipos de interés, mientras la élite tecnopolítica sueña con una economía descarbonizada, totalmente digitalizada y dócil, en la que la energía sea cara, la movilidad esté racionada y el ciudadano sea un usuario cautivo con suscripciones para todo, desde la calefacción hasta el coche compartido. La guerra en Irán y el bloqueo de Ormuz funcionan aquí como excusa perfecta para justificar lo que en realidad es un diseño previo: una economía de escasez controlada en la que se culpará siempre a “las crisis” de decisiones que se tomaron en salones alfombrados hace años.

Pongamos otro foco en Europa del Este, donde Bulgaria acaba de celebrar sus octavas elecciones parlamentarias en cinco años, una estadística que en cualquier otro contexto sería prueba clínica de inestabilidad crónica. La sucesión de comicios ha producido un paisaje político fragmentado en el que partidos nuevos y viejos se turnan en coaliciones breves, incapaces de ofrecer algo más que la administración rutinaria de fondos europeos y la aplicación obediente de las directrices de Bruselas. La fatiga democrática no se expresa ya en las calles sino en la abstención y en el aumento de fuerzas que, con todos sus defectos, se atreven a decir en voz alta que quizá el problema no son “los populistas”, sino un sistema que convierte cualquier voto en un mandato para seguir haciendo lo mismo con logos distintos. Los analistas oficialistas se rasgarán las vestiduras por la “inestabilidad” y la “amenaza al Estado de derecho”, pero difícilmente reconocerán que el ciudadano percibe el voto como un trámite administrativo más, necesario para que la maquinaria institucional mantenga la ilusión de legitimidad.

Mientras tanto, los europeos miran de reojo su propia dependencia energética. La Agencia Internacional de la Energía ha avisado de que Europa tiene un margen de semanas en sus reservas de combustible para aviones, un dato que en manos de la burocracia comunitaria se convertirá en más comités, más planes de ahorro y más campañas pedagógicas para convencernos de que volar menos es un acto de virtud cívica y no la consecuencia directa de políticas que han entregado nuestra seguridad energética a terceros. Nos explicarán que es por el clima, por la justicia intergeneracional, por la necesidad de reducir emisiones, pero evitarán mencionar que la desindustrialización “verde” ha coincidido sospechosamente con la consolidación de gigantes energéticos y financieros que se benefician de un mercado cautivo, subvencionado y reglado al milímetro. La crisis de Ormuz no hace más que desnudar la torpeza de gobiernos que sustituyeron el pragmatismo por eslóganes y ahora se sorprenden de que la realidad física del petróleo, el gas y las rutas marítimas no se someta a los PowerPoints de un comisario europeo.

Y todo esto ocurre en un ecosistema mediático que sigue funcionando como cámara de eco selectiva. Se hablará del bloqueo naval de Trump como si fuera una excentricidad aislada, pero se pasará de puntillas por el hecho de que los mismos que claman contra ese bloqueo consideraban perfectamente legítimos, cuando les convenía, otros bloqueos, sanciones y embargos que destrozaron economías enteras. Se denunciarán las acciones de Irán sin recordar cómo durante años el régimen fue cortejado por media comunidad internacional en nombre de acuerdos que nunca resolvieron los problemas de fondo. Se presentará la situación migratoria como una tragedia espontánea, casi climática, sin admitir que la apertura irresponsable de fronteras fue una decisión política deliberada. Al mismo tiempo, se tratará de patologizar cualquier crítica a este sistema como “extremismo”, “desinformación” o “populismo”, porque el consenso sólo se mantiene si la disidencia puede ser descrita como enfermedad.

Mencionaremos, casi de pasada, ese detalle que ilustra el clima de época: mientras se discute sobre guerras, bloqueos y recesiones, sigue latente la guerra cultural permanente, desde el lenguaje inclusivo hasta la reescritura selectiva de la historia, pasando por códigos de conducta digitales que convierten cualquier opinión incómoda en un caso disciplinario. El mismo poder que se muestra torpe e impotente para garantizar energía barata, estabilidad monetaria o seguridad en las calles, se convierte en un reloj suizo cuando se trata de vigilar palabras, censurar memes o sancionar plataformas que no se alinean con la narrativa oficial. No parece casualidad: las estructuras que fallan en lo esencial a menudo se vuelven hipercompetentes en lo simbólico, donde las consecuencias son menores para ellas pero devastadoras para la libertad de los ciudadanos.

Desde Alternativas News no vamos a fingir que existe una “salida institucional” limpia a este conjunto de crisis encadenadas. Desconfiamos del poder cuando se envuelve en banderas de colores, desconfiamos del poder cuando se viste de experto neutral y desconfiamos del poder cuando jura defender la democracia mientras maniobra para blindarse frente al voto. La lección que dejan Ormuz, Líbano, la frontera de Estados Unidos, la ONU preocupada por la economía y las elecciones interminables de Bulgaria es bastante simple: los Estados y las grandes instituciones internacionales se han acostumbrado a gestionar la inestabilidad como modelo de negocio, siempre que ellos se sitúen a salvo de las consecuencias. A nosotros nos dejan la inflación, los recortes, las restricciones, la culpa ecológica y el sermón moral.

A ellos les quedan la narrativa, los presupuestos y la coartada de una crisis permanente que, curiosamente, nunca se resuelve.

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20 de abril de 2026.
Redacción Alternativas News

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