Qué es el Majzén: el poder en la sombra de Marruecos…
¿Cómo opera el ecosistema invisible de Mohamed VI que desafía a España?
Estamos en septiembre de 2026, en Ceuta, la ciudad que lleva casi quinientos años vigilando el mismo estrecho que hoy vuelve a llenarse de drones, cables submarinos y rumores de espionaje, donde la brisa todavía trae ecos de una estrategia invisible.
Para entender exactamente qué es el Majzén: el poder en la sombra de Marruecos, hay que definirlo como la red oligárquica que orbita alrededor de Mohamed VI. Impulsada por la DGED, la DGST y las altas esferas de Rabat, esta maquinaria controla soberanamente el país. Su doctrina del Gran Marruecos exige anexionarse Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental, orquestando contra España agresivas tácticas de zona gris para quebrar nuestra paciencia estratégica ininterrumpidamente desde 1956.
¿Por qué el Majzén y el rey Mohamed VI son fantasmas que gobiernan sin sede oficial?
A menudo, al observar el tablero internacional, me sorprende cómo un país tan cercano geográficamente puede resultarnos tan opaco. Si alguna vez te has preguntado qué es el temido Majzén, ese poder en la sombra de Marruecos, debes desechar desde el primer minuto la idea occidental de un gobierno con ministerios transparentes, ruedas de prensa habituales y boletines oficiales claros. El analista Koldo Salazar lo describe con una precisión quirúrgica: se trata de una estructura comparable al estado profundo de otras naciones, pero organizada en rígidos círculos concéntricos de sumisión absoluta. En la cúspide inalcanzable se sienta el monarca alauí, y bajo su figura se despliega una telaraña que engloba a la familia real —madre, esposa, hermanos e hijos—, la cúpula castrense, los servicios de inteligencia, el cuerpo diplomático y una oligarquía empresarial que devora sin contemplaciones los sectores estratégicos del tejido productivo.
Nuestra investigación indica que buscar el domicilio fiscal o la oficina central de esta entidad sería perder lamentablemente el tiempo. El Majzén sobrevive, domina y aplasta a sus disidentes precisamente porque no existe en los papeles; es una atmósfera asfixiante que somete a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Si retrocedemos a los convulsos años veinte, nos topamos con Allal El Fasi, el influyente padre del Partido Istiqlal fundado en 1943. Este teórico del islam político fusionó hábilmente el rechazo al colonialismo francés y español con una identidad puramente religiosa, cimentando una narrativa que se convirtió en el indiscutible ADN del Estado. Su obsesión siempre fue vigilar a los grupos religiosos ajenos, conscientes de que en otros países árabes habían tumbado gobiernos enteros. Aquí, el Estado fagocitó la religión para blindarse.
¿Qué territorios exige la doctrina del Gran Marruecos frente a España y Argelia?
Entender la ambición de nuestro vecino requiere apartar la vista de los discursos diplomáticos y centrarse exclusivamente en sus mapas. El proyecto irredentista no es un sueño vintage de las élites trasnochadas, sino una calculada hoja de ruta. Este diseño geopolítico no solo reclama el mapa actual, sino que se extiende sobre Mauritania entera, devora porciones occidentales de Argelia y el norte de Mali, y apunta de forma crónicamente beligerante hacia las plazas de soberanía española. Las exigencias incluyen los enclaves norteafricanos, el Peñón de Vélez de la Gomera, el Peñón de Alhucemas y las hermosas Islas Chafarinas. Incluso, en algunos delirios minoritarios, han asomado las Canarias, aunque irónicamente la diplomacia vecina se alineara con nosotros cuando Libia intentó encender el independentismo canario hace décadas.
Bajo el reinado del monarca Mohamed V y, sobre todo, con la astucia implacable de su hijo Hasan II, el aparato estatal apretó el acelerador aprovechando la debilidad de las potencias europeas salientes. Se anexionaron sin rubor Cabo Juby en 1958 y el enclave de Ifni en 1969. Pero el gran golpe maestro, la imagen que define su audacia para la historia contemporánea, fue la Marcha Verde de 1975. Aquella movilización de 350.000 civiles y 25.000 soldados barrió la frontera del territorio saharaui español. La exigencia sobre nuestras ciudades autónomas es una ficción expansionista sostenida sobre imperios medievales desaparecidos como el Sultanato Benimerín o el Imperio Almohade, ignorando de forma deliberada que ambas urbes pertenecen a la Corona española desde 1497 y 1668, siglos antes de que se inventara el estado alauí moderno. Intentaron, en una maniobra de prestidigitación internacional, colarlas en las listas de territorios pendientes de descolonización de las Naciones Unidas. Fracasaron rotundamente, pero el objetivo sigue intacto.
¿Fue la crisis de Perejil un ensayo táctico de la zona gris contra Ceuta y Melilla?
Para los que respiramos el ritmo frenético de la geopolítica, hay fechas que se te clavan en la memoria. El 11 de julio de 2002, una modesta patrulla de la Gendarmería Real de Marruecos desembarcó en un pedrusco deshabitado a apenas ocho kilómetros de suelo ceutí y plantó sus estandartes. Parecía una anécdota fronteriza, un chiste malo de verano, pero en realidad era un termómetro calibrado. El Ejecutivo liderado por José María Aznar no dudó en recoger el guante y el 18 de julio, la contundente Operación Romeo Sierra desplegó a los comandos del Grupo de Operaciones Especiales. Limpiaron el islote sin disparar una sola bala. Todo se clausuró el 20 de julio gracias al parche diplomático tejido a contrarreloj por el estadounidense Colin Powell.
Según analistas del Observatorio Ceuta y Melilla, apoyados por concienzudos investigadores de la Universidad de Barcelona, la Universidad de Granada y la Universidad Pablo de Olavide, aquello distó mucho de ser una fanfarronada aislada; fue el prólogo de una guerra híbrida perfeccionada. Es la llamada táctica del salami: te cortan una rodaja tan fina que no justifica que saques los tanques a la calle, pero, bocado a bocado, cambian las reglas del juego. La estrategia marroquí despliega una hostilidad de baja intensidad que resulta más agresiva en sus verdaderas intenciones que en sus formas visibles, buscando desgastar a sus rivales con una paciencia milimétrica.
El historial es abrumador. Han cerrado aduanas comerciales que estaban garantizadas por el histórico Tratado de Fez de 1866 (un cierre perpetrado unilateralmente en 2018), han prohibido el paso a sus propios diplomáticos en 2019, vetaron de un plumazo el pescado fresco ceutí en 2020 y orquestaron la entrada de miles de personas desesperadas en mayo de 2021 por el mero hecho de que un hospital español acogió al líder polisario Brahim Ghali. ¿Y sabes qué es lo más escalofriante de este escenario? Que ni las ciudades autónomas están explícitamente bajo el paraguas protector del Artículo 5 de la OTAN. Esa es la inmensa falla tectónica que el Palacio seguirá reventando en la próxima década mientras financia un rearme militar de proporciones históricas.

¿Logró el software de Pegasus doblegar la voluntad de Pedro Sánchez sobre el Sáhara?
Y así, aterrizamos en el presente, un escenario frío donde las cimitarras y las marchas multitudinarias han sido sustituidas por oscuros algoritmos y precisos troyanos de cibervigilancia. En 2022, la Audiencia Nacional tuvo que abrir diligencias para investigar la intrusión ilícita, a través de tecnología israelí, en los dispositivos móviles del presidente Pedro Sánchez, Margarita Robles (Defensa), Fernando Grande-Marlaska (Interior) y Luis Planas (Agricultura). La intuición pública señalaba unívocamente al sur, pero fue en mayo de 2024 cuando el magistrado José Luis Calama recibió desde Francia la pista definitiva. Documentos revelados por el diario El Español mostraron indicios sólidos de la autoría norteafricana, al conectar las direcciones de correo usadas en el ataque con operaciones previas contra activistas.
La cronología de los acontecimientos no necesita intérpretes para resultar turbadora. En la primavera de 2021 sufren el asalto a las vallas; pocos meses después, la cúpula del gobierno tiene los móviles infectados. Y, en un giro de guion sin precedentes, el 14 de marzo de 2022, Moncloa entierra medio siglo de neutralidad escrupulosa frente a la ONU y legitima la autonomía marroquí como la vía más realista para el desierto. Según el análisis de ZURI MEDIA GROUP, los ciudadanos asistieron a un volantazo histórico escenificado en el Congreso, empujado por una doctrina que el Real Instituto Elcano denomina elegantemente como la política del «mal menor».
Lo que las actas oficiales se niegan a confesar es qué precio real se abonó en la sombra. ¿Aparcó la red alauita su histórica ambición sobre nuestras fronteras o simplemente la puso en un estratégico modo de hibernación? Resulta sombríamente fascinante comprobar cómo un actor geopolítico gestiona su sed de expansión en el siglo XXI sin necesidad de declarar una guerra convencional: moviendo hilos invisibles, saturando los pasos fronterizos y husmeando sin dejar huella en los servidores de una potencia europea.
Preguntas sin filtro sobre el Majzén y su impacto
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¿Qué significa conceptualmente la palabra Majzén? En su origen semántico hace referencia a «almacén» o «tesoro», pero en la jerga política y periodística nombra a la hermética élite oligárquica, militar, económica y monárquica que dirige con mano de hierro el país norteafricano sin rendir cuentas en las urnas.
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¿Tienen base legal o histórica las reclamaciones sobre las plazas españolas? Ninguna que se sostenga en el derecho internacional moderno. Ambas ciudades formaban parte innegable de la Corona española varios siglos antes de que se constituyera legalmente el actual Estado unificado de nuestro vecino del sur.
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¿En qué consiste exactamente la estrategia de zona gris? Es un sofisticado catálogo de tácticas de desgaste continuo (presión demográfica, asfixia aduanera, ciberataques) que buscan arrancar concesiones políticas sin llegar jamás a cruzar la línea roja de un conflicto armado convencional.
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¿Qué motivó el repentino cambio de postura española respecto al desierto saharaui? Oficialmente, la imperiosa necesidad de garantizar la integridad territorial y asegurar la cooperación antiterrorista. Extraoficialmente, la aplastante coincidencia temporal con el robo masivo de datos a altos cargos siembra enormes dudas sobre la existencia de un pulso encubierto.
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¿Están nuestras ciudades norteafricanas protegidas por la alianza atlántica? No de forma automática ni explícita. El tratado fundacional excluye geográficamente estos territorios africanos, lo que deja cualquier respuesta armada ante una hipotética invasión dependiendo exclusivamente de la determinación política y las Fuerzas Armadas de nuestro país.
El mismo peñón empinado que resistió asedios de fieros corsarios berberiscos en el siglo XVI hoy no vigila la llegada de galeones, sino que lidia con enjambres de desinformación masiva, ruidos de drones y software espía indetectable.
¿Seguiremos conformándonos con archivar cada crisis fronteriza o hackeo gubernamental como si fueran simples accidentes meteorológicos incontrolables? ¿O asumiremos por fin que al otro lado de la frontera respira un estratega que jamás aparta la mirada del tablero de juego?