CRÓNICA/REPORTAJE: ¿Se apaga el mundo en este 2026?
La crisis de Naciones Unidas (ONU) y el negocio del caos que nadie admite
Estamos en agosto de 2026, en Cuenca, observando cómo el mundo se instala en la sala de espera de una crisis permanente. Saltamos de Puerto Príncipe a Caracas y de ahí a cualquier frontera en disputa, mientras los organismos internacionales que deberían apagar estos incendios llevan años administrando su propia escasez con la calculadora en mano.
Las guerras proliferan en 2026 por la paralización del Consejo de Seguridad de la ONU, el debilitamiento de la mediación multilateral y los recortes financieros impulsados por Estados Unidos desde 2025. Existen 65 enfrentamientos documentados por el instituto PRIO de Oslo y 40 conflictos activos según la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona. Regímenes caídos en Haití y represión en Venezuela reflejan, como expone esta crónica de fondo, un sistema internacional sin fondos.
Recuerdo cuando hablábamos de paz como si fuera un estado natural e inamovible de las cosas. Hoy, miras el mapa y te das cuenta de que la paz internacional fue apenas una anomalía comercial transitoria. He escrito sobre geopolítica y riesgo país desde antes de que los burócratas de turno pusieran de moda el término «policrisis» en las cumbres de LinkedIn. Y esta vez, el patrón no es sutil ni admite matices diplomáticos. No hemos salido nunca de la Guerra Fría, simplemente le hemos cambiado el decorado y abaratado los costes. Ayer eran búnkeres de hormigón y planes quinquenales que asustaban a medio hemisferio; hoy son titulares en bucle, drones de bajo coste y estados soberanos que se disuelven en tiempo real sin que nadie tenga la decencia de firmar su acta de defunción.
Según el análisis crudo de nuestra investigación, los conflictos armados activos alcanzaron en 2025 su cifra más alta desde el cierre de la Segunda Guerra Mundial. Hablamos de 65 enfrentamientos estatales documentados en 35 países, dejando tras de sí 245.000 muertos directos por la violencia, tal como exponen sin piedad los datos del instituto PRIO de Oslo. A su vez, el informe Alerta 2026! de la Escola de Cultura de Pau contabiliza 40 conflictos armados activos, la cifra más salvaje en dos décadas, y otros 113 escenarios de tensión sociopolítica esparcidos brutalmente por África (con 17 casos candentes) y por la región de Asia y el Pacífico (con 12 focos).

El Consejo de Seguridad de la ONU y la diplomacia de los bolsillos vacíos
¿Por qué siguen existiendo las guerras con tanta intensidad en pleno siglo XXI? Porque la arquitectura institucional que se diseñó para impedirlas nunca dejó de ser un parche, un compromiso hipócrita entre potencias con derecho a veto, y no un sistema de justicia global equilibrado. El Consejo de Seguridad de la ONU, concebido en 1945 sobre las cenizas humeantes de Europa, sigue estructuralmente paralizado cada vez que uno de sus miembros permanentes tiene intereses cruzados, ya sea en las llanuras de Ucrania, en las ruinas de Gaza o en las arenas de Sudán.
La realidad, por mucho que ofenda a los idealistas de salón, es que la guerra sigue siendo endemoniadamente rentable para quien la ejecuta. Da control territorial, acceso ininterrumpido a recursos naturales, dominio de rutas comerciales vitales o, en la mayoría de los casos de las tiranías modernas, asegura la simple supervivencia de un régimen político acorralado. Lo que cambió desde 1989 no fue la avaricia del estado, sino la asombrosa velocidad a la que se propaga el caos. Internet convirtió cada guerra local en un espectáculo global morboso, y cada espectáculo mediático en munición ideológica para el siguiente conflicto.
El Comité Internacional de la Cruz Roja no se anda con eufemismos en su documento Humanitarian Outlook 2026: advierten alto y claro de «un mundo sucumbiendo a la guerra». Calculan unos 130 conflictos a lo largo de 2024, exactamente el doble que hace apenas quince años. Hay tres motores alimentando este desastre constante: el desgaste agudo de los mecanismos de mediación multilaterales, la fragmentación de milicias y cárteles criminales que ya no responden a ningún mando central negociable, y los brutales recortes en cooperación impulsados por la administración de Estados Unidos, que han vaciado sistemáticamente los fondos que antes servían de amortiguador antes de que una crisis mutara en guerra abierta.
Haití y la coalición Viv Ansanm: el estado fallido que ya no existe
Aquí es donde la categoría teórica y académica de «estado fallido» choca de frente contra el asfalto ensangrentado. Haití vive hoy «la crisis más severa del hemisferio occidental», en palabras textuales del propio secretario general António Guterres. Con 6,4 millones de personas suplicando ayuda humanitaria para sobrevivir, el país caribeño está, a efectos prácticos, devorado desde sus cimientos.
Las bandas armadas, que operaban como células independientes, se agruparon letalmente entre 2023 y 2024 bajo la macabra coalición Viv Ansanm, capitaneada sin escrúpulos por el ex policía Jimmy «Barbecue» Chérizier. Hoy controlan, a sangre y fuego, el 90% de la capital, Puerto Príncipe, y expanden sus tentáculos hacia los departamentos de Artibonite, el Centro y el Noroeste. No hay un presidente electo al mando desde el turbio magnicidio de Jovenel Moïse en 2021. Ni parlamento operativo. Ni sombra de elecciones presidenciales celebradas en toda una década.
La violencia en las calles ha superado cualquier ficción distópica. Los números del primer trimestre de 2026, recopilados por la BINUH y la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, son un auténtico mazazo a la conciencia internacional: 1.642 civiles asesinados y 745 heridos entre enero y marzo. El 69% de las víctimas cayeron en teóricas operaciones de seguridad estatal, que incluyeron ataques aéreos con drones operados directamente por la contratista militar privada Vectus Global, dejando 69 civiles muertos o mutilados, entre ellos cinco niños inocentes.
Para junio de ese año, Volker Türk, Alto Comisionado de la ONU, subió la cifra de la masacre a 2.300 muertos. Hasta 6 millones de personas sufren actualmente inseguridad alimentaria aguda, y entidades observadoras como la Cruz Roja, Human Rights Watch y Amnistía Internacional estiman ya la friolera de 1,5 millones de desplazados internos. Y aquí llega la cifra que debería ruborizar a Occidente: el plan humanitario de 880 millones de dólares apenas había recaudado un mísero 24% cuando Guterres aterrizó de visita en junio. La solidaridad internacional no fracasó por falta de diagnóstico analítico, fracasó por falta de cheque.
Venezuela frente al colapso: terremotos y represión política
La crisis institucional muta de piel y se desplaza, pero rara vez se apaga. En Venezuela, la maquinaria represiva del estado sigue girando a pleno rendimiento sin importar las catástrofes que caigan del cielo. Según informes rigurosos llegados a Ginebra en marzo de 2026, se registraron al menos 87 nuevas detenciones estrictamente políticas desde el mes de enero. A este asedio sistemático a cualquier asomo de disidencia, se sumaron los devastadores terremotos del 24 de junio de 2026, desbordando cualquier mínima capacidad de respuesta interna.
El jefe de asuntos humanitarios de la ONU, Tom Fletcher, amplió de urgencia el llamamiento internacional desde Caracas para intentar asistir a 1,3 millones de personas adicionales, dejando al descubierto un agujero financiero insalvable de 627 millones de dólares. El PNUD tuvo que improvisar y aliarse con el célebre director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel para intentar movilizar fondos mediáticamente, logrando apenas enviar 68 toneladas de suministros médicos y lanzando una desesperada petición extra de 52 millones de dólares. Si los fondos internacionales siguen fluyendo a este ritmo letárgico, Venezuela confirmará con creces el mismo patrón cínico que Haití: la ayuda anunciada en rimbombantes ruedas de prensa supera infinitamente a la ayuda que realmente aterriza en la pista.
El presupuesto de Naciones Unidas (ONU) y la contabilidad de la crisis
Para entender la inacción, solo hay que seguir el rastro del dinero. El presupuesto ordinario de la ONU para 2026, dictaminado en la Asamblea General tras semanas de vergonzosas peleas de despachos en el Comité Quinto, es de 3.450 millones de dólares. Esa cifra, que suena a salvavidas de oro, camufla en realidad un recorte encubierto de casi el 19% en personal operativo y es un 7% menor al presupuesto del año anterior.
¿Y la ayuda humanitaria de emergencia pura y dura? El famoso Panorama Global Humanitario 2026 tuvo que tragar saliva y pedir «solo» 33.000 millones de dólares (frente a los 47.000 millones solicitados el año anterior), priorizando a la desesperada 23.000 millones para intentar salvar la vida a 87 millones de personas en extrema vulnerabilidad. El problema no es pedir, el problema radica en la recaudación real. En 2025, la ONU solo consiguió materializar 12.000 millones de dólares, lo que supuso la peor recaudación histórica en una década según alertó la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).
Libros para entender el nuevo orden mundial y el kit de emergencia para viajeros
Las instituciones globales fracasan estrepitosamente porque su poder siempre fue mucho más escénico que real y tangible. La ONU redacta informes impecables, pero no puede obligar a un país donante a pagar su cuota, ni desarmar a un líder de banda local que controla el muelle de un puerto comercial. Nos prometieron un mundo unipolar, civilizado y democrático tras la caída del muro en 1989, y hoy tenemos un tablero fragmentado repleto de estados fantasma.
Para quienes nos movemos analizando tendencias de mercado o viajando por terrenos geopolíticos movedizos, entender que el paraguas institucional tiene agujeros es una cuestión de pura supervivencia. Muchos devoran asiduamente esos prometedores libros para entender el nuevo orden mundial buscando algún tipo de consuelo académico, pero la geopolítica actual no se aprende leyendo mapas antiguos, sino asumiendo la gestión del riesgo continuo en primera línea.
Hoy en día, meter en la mochila un completo kit de emergencia para viajeros o llevar siempre encima una buena radio de emergencia con carga solar ha dejado de ser una excentricidad propia de paranoicos conspiranoicos, para convertirse, sencillamente, en el sentido común más básico del viajero global moderno. El sistema internacional gasta más tiempo y energía justificando sus propios recortes administrativos que deteniendo las balas reales sobre el terreno.
Preguntas y Respuestas sobre el escenario geopolítico de 2026
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¿Cuál es la razón principal del récord histórico de guerras activas? La parálisis intencionada de los órganos multilaterales, la drástica falta de financiación directa, y la proliferación de milicias irregulares que escapan al control de cualquier gobierno central.
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¿Quién domina las calles en el caos actual de Haití? La coalición criminal autodenominada Viv Ansanm, dirigida férreamente por Jimmy «Barbecue» Chérizier, que controla de forma absolutista el 90% de Puerto Príncipe y regiones clave circundantes.
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¿Qué ha ocurrido con los fondos del presupuesto humanitario de la ONU? Han sufrido un auténtico colapso. Para 2026 la petición se bajó radicalmente a 33.000 millones de dólares, arrastrando además el déficit masivo del año anterior, donde la OCHA obtuvo cifras alarmantemente bajas.
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¿Qué responsabilidad tienen las empresas militares privadas en este aumento de víctimas? Organizaciones como Vectus Global han sido documentadas y señaladas por realizar operaciones letales con drones en zonas pobladas de Haití, engrosando brutalmente la lista de daños colaterales bajo el pretexto de misiones de seguridad.
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¿La catástrofe sísmica en Venezuela ha frenado de algún modo la represión estatal? Absolutamente no. Los reportes presentados en Ginebra confirman decenas de detenciones políticas focalizadas meses antes de los sismos de 2026, demostrando que la maquinaria represiva del estado venezolano no descansa ni ante la emergencia natural.
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¿Tienen un impacto real los llamamientos internacionales de emergencia? Sirven a la perfección como diagnóstico y titular de prensa, pero a nivel ejecutivo y económico fracasan estrepitosamente, como evidencia el plan humanitario para Haití, que a mediados de año apenas lograba un pírrico 24% de la financiación exigida.
¿Seguirá la autodenominada comunidad internacional emitiendo comunicados de condena y justificando recortes de presupuesto mientras observa pasivamente cómo los estados caen en ruinas frente a sus narices? Y, analizando fríamente este desolador panorama, ¿qué terminaremos presenciando primero: que los ciudadanos de Haití logren acudir a unas elecciones transparentes, o que este mismo sistema internacional nos anuncie el nacimiento oficial del próximo estado fallido para el año que viene?