Deseadas ciudades retrofuturistas creadas con inteligencia artificial
¿Un futuro con cien años de retraso diseñado por Midjourney?
Estamos en septiembre de 2026, en Cuenca, y mientras observo el goteo de turistas por las calles de esta ciudad anclada en el tiempo, en las entrañas de Discord alguien le pide a un algoritmo que levante un rascacielos de acero remachado. Un contraste fascinante entre la piedra que piso y ese futuro de entreguerras que nunca llegó a existir, pero que renace digitalmente.

Las ciudades retrofuturistas creadas con inteligencia artificial son representaciones visuales generadas por plataformas como Midjourney, FluxAI o Imya. Estéticamente se basan en el dieselpunk, un subgénero derivado del cyberpunk y el steampunk, que fusiona la tecnología de los años veinte y años treinta con visiones especulativas. Proyectos destacados como Utropiia ilustran rascacielos Art Déco y autómatas. Legalmente, según tribunales de Estados Unidos, España y la Unión Europea, estas obras carecen de copyright sin intervención creativa humana sustancial.
El largo viaje desde Albert Robida hasta los servidores de Discord
Tengo la pantalla de mi ordenador iluminando a medias mi despacho de ZURI MEDIA GROUP, proyectando un resplandor ámbar sobre la mesa de madera noble. Delante de mí se despliega una urbe inmensa, cortada a cuchillo por rascacielos escalonados que arañan nubes perpetuamente grises. No hay un solo rastro de nuestro siglo en esa imagen, ni plástico, ni silicio visible; solo acero bruñido, remaches del tamaño de un puño y zepelines patrullando con una majestuosidad pesada, casi amenazante. Es asombroso cómo la nostalgia nos empuja a desear un mundo que, en realidad, habría sido asfixiante y ruidoso, pero que en el lienzo digital resulta irresistiblemente romántico.
Cualquiera que se asome hoy a los foros de arte generativo notará que esa estética de urbes retrofuturistas generadas por algoritmos es un género con vida propia. Se ha convertido en el refugio de quienes buscan texturas analógicas en un medio profundamente digital. Pero no nos engañemos, la máquina no ha inventado nada de esto. Si retrocedemos a los años veinte reales, encontramos que ilustradores geniales como el francés Albert Robida, ya en 1902, soñaban con cielos atestados de artefactos voladores. Las viejas revistas pulp estadounidenses de las décadas siguientes consagraron esa visión. Nuestra investigación indica que la inteligencia artificial simplemente ha recogido el pincel que aquellos artistas dejaron caer, terminando un boceto con una precisión fotográfica que los pioneros del Art Déco jamás habrían podido soñar.
Children of the Sun y la invención tardía del dieselpunk por Lewis Pollak y Dan Ross
Lo curioso de la historia cultural es que muchas veces bautizamos las cosas cuando ya están a punto de morir, o al menos cuando ya llevan décadas entre nosotros. Fue el diseñador de juegos Lewis Pollak, junto a su colega Dan Ross, quien en el año 2001 se sacó de la manga la palabra mágica para su juego de rol Children of the Sun. Ellos acuñaron el término dieselpunk. El propio Pollak admitiría más tarde con cierta ironía que gran parte del material que inspiró ese concepto ya circulaba en la cultura popular desde hacía mucho tiempo.
Para que nos entendamos sin jerga técnica: si el steampunk es el romanticismo victoriano a vapor, el engranaje de latón y la chistera; el dieselpunk es su hermano mayor, curtido en las trincheras, que huele a aceite de motor, viste cazadora de cuero y se mueve entre las sombras de entreguerras. Y si avanzamos un poco más en el calendario, tropezamos con el atompunk, ese delirio de la era atómica entre 1945 y 1965 que mezcla la paranoia de la Guerra Fría con cohetes de aletas cromadas. Finalmente, al fondo del pasillo cronológico, nos espera el cyberpunk, la visión desoladora y llena de neones que el director Ridley Scott nos grabó a fuego en la retina. Son cuatro fotogramas de una misma película que demuestra nuestra obsesión crónica por predecir un mañana basándonos obsesivamente en los cachivaches de ayer.
Utropiia como caso de éxito: domando a la máquina en Midjourney
Si has jugado un poco con generadores de imágenes, sabrás que sacar un retrato decente es relativamente fácil. Lograr que un universo entero se mantenga estable, con las mismas reglas arquitectónicas y la misma atmósfera en cien imágenes distintas, es un dolor de cabeza monumental. Por eso sigo muy de cerca experimentos como Utropiia. No es el clásico portal aburrido que te vende tutoriales; es un fotorreportaje brillante de una urbe ficticia de los años veinte, documentada por un supuesto corresponsal que persigue el rastro de una figura enigmática a la que llaman el Arquitecto.
La gracia de Utropiia reside en su estructura. Ofrece retratos, escenas callejeras donde la luz se filtra entre estructuras verticales casi asfixiantes, y autómatas que los ciudadanos miran con evidente desconfianza. Según el análisis de nuestra red editorial, mantener esta coherencia narrativa y visual exige una disciplina militar a la hora de estructurar los parámetros; la IA tiende naturalmente a la dispersión, y obligarla a no salirse del guion es el verdadero talento del artista contemporáneo. Nos muestran una metrópolis de ciencia ficción retrofuturista de una densidad extrema, algo que funciona como un ancla psicológica para el espectador: te crees la mentira porque el nivel de detalle de las sombras, la ropa y el mobiliario urbano es abrumadoramente consistente.
De ChatGPT a FluxAI: la alquimia de los prompts perfectos y la revista Prompter Mag
Pero, ¿cómo se levantan estas catedrales de acero en la nube? El proceso es un cruce entre poesía críptica y lenguaje de programación. Como bien documentan publicaciones especializadas del sector como la revista Prompter Mag, no basta con pedir «una ciudad antigua del futuro». Tienes que alimentar al monstruo con los ingredientes exactos. Hablamos de invocar la energía del diésel, el arte vehicular aerodinámico de la época, rascacielos escalonados, motivos geométricos y ese inconfundible glamour de la era de la máquina.
Para las escenas a ras de suelo, el truco es dominar la luz. Cadenas de texto que exigen luz ámbar cálida al atardecer, sombras alargadas, y fachadas de oro y cromo bañadas por esa hora dorada que vuelve épico cualquier callejón. He comprobado infinidad de veces que es precisamente esa textura imperfecta, el grano de película añadido artificialmente, la que vende la ilusión de época mejor que cualquier nitidez estéril de render moderno. Hoy en día, la gente ni siquiera se pelea con el lienzo en blanco: suben una fotografía normal a ChatGPT, le piden que desgrane los atributos faciales y los inyecte en una instrucción compleja, o directamente recurren a servicios llave en mano como Imya o FluxAI, que ya traen los locos años veinte empaquetados y listos para servir. El democratismo tecnológico llevado al extremo, donde la imaginación es el único filtro real.
El veredicto en Washington y la Unión Europea: ¿de quién es el arte de Imya?
Toda esta explosión creativa choca de frente con el muro de hormigón más antiguo del mundo: la burocracia legal. En mi mesa se acumulan consultas sobre si es legal ganar dinero imprimiendo y vendiendo pósters de estas villas en las nubes. La respuesta corta es sí. La respuesta larga, sin embargo, es un laberinto fascinante. Un tribunal federal en Washington confirmó en marzo de 2025 lo que las oficinas de patentes de España y la Unión Europea llevan tiempo defendiendo: sin intervención humana creativa sustancial, no hay derechos de autor. Punto.
Esto plantea un escenario digno del Salvaje Oeste. Puedes vender tus magníficas láminas de aviadores melancólicos y dirigibles blindados generadas con tu suscripción comercial de Midjourney. Nadie te va a multar por ello. Pero si tu vecino del quinto decide comprarte una copia, escanearla y empapelar su restaurante vendiendo el mismo diseño a mitad de precio, legalmente no tienes dónde caerte muerto, porque el juez te dirá que tú no pintaste eso. La obra es libre desde el mismo milisegundo en que el servidor la escupió, salvo que puedas demostrar que aplicaste capas masivas de edición, composición y retoque manual que la transformen en un producto genuinamente humano. Es la paradoja perfecta: somos capaces de crear mundos enteros con una frase, pero somos incapaces de poseerlos.
El horizonte que tenemos delante no muestra signos de frenar. El mercado de la decoración de interiores y el merchandising editorial están devorando esta estética con apetito voraz. Lo retrofuturista funciona comercialmente porque equilibra la balanza entre la melancolía por un pasado elegante y la sorpresa de lo imposible. Y, sin embargo, mientras cierro pestañas y apago el monitor, no dejo de darle vueltas a la misma idea. Esos dibujantes de 1930 soñaban con máquinas que nos sirvieran el té y barrieran nuestras calles, convencidos de que el avance mecánico nos liberaría de la carga física. Cien años después, las máquinas no nos están planchando las camisas; están escribiendo nuestros poemas, diseñando nuestros edificios y pintando nuestros cuadros.
Preguntas y respuestas esenciales sobre Midjourney, Utropiia y los derechos de autor
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¿Qué diferencia al dieselpunk del cyberpunk visualmente? El primero usa paletas oscuras, tonos óxido, tecnología mecánica analógica de mediados del siglo XX y moda de entreguerras. El segundo apuesta por luces de neón, implantes cibernéticos, estética corporativa asiática y paletas frías y saturadas propias de finales del siglo XX.
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¿Por qué proyectos como Utropiia son difíciles de replicar? Porque la inteligencia artificial carece de memoria espacial natural. Lograr que un personaje lleve exactamente la misma chaqueta, o que un edificio mantenga la misma cantidad de ventanas desde diferentes ángulos, exige un dominio técnico avanzado de los parámetros y modificadores de estilo.
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¿Puedo usar Midjourney para vender pósters de ciudades imaginarias? Sí, la plataforma permite el uso comercial de las imágenes siempre y cuando dispongas de una suscripción de pago activa, aunque no podrás reclamar derechos de autor exclusivos sobre la obra en crudo.
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¿Qué herramientas son mejores si no quiero escribir prompts complejos? Sistemas como FluxAI o Imya están diseñados con estilos preconfigurados, permitiendo aplicar «filtros de época» directamente sobre ideas o fotografías base sin necesidad de dominar el lenguaje técnico.
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¿Debe mi prompt estar en inglés obligatoriamente? Aunque los modelos recientes entienden varios idiomas, el entrenamiento masivo original se hizo con bases de datos anglosajonas. Escribir términos como stepped setback skyscraper siempre ofrecerá resultados más precisos y ricos que su traducción al español.
¿Llegará el momento en que las inteligencias artificiales del siglo XXII tengan que recrear la estética torpe y llena de errores de manos de seis dedos que tenían nuestras IAs actuales, tratándolo como el nuevo y codiciado arte vintage? Y cuando ese día llegue, ¿recordará alguien que, en el fondo, todo este ruido visual no era más que nuestro intento desesperado de sentirnos conectados con el trazo humano que dejamos atrás?