DE LAS NOSTALGIAS DEL EMIGRANTE

DE LAS NOSTALGIAS DEL EMIGRANTE

DE LAS NOSTALGIAS DEL EMIGRANTE – dolor, depresión, frustración, ansiedad y estrés. Es lo que pueden estar pasando millones de inmigrantes en el planeta. Se le llama el síndrome de Ulises. El número de migrantes se incrementó desde el 2000. La cifra alcanzó los 258 millones a nivel mundial. Migrante es el término más general para referirse a toda aquella persona que deja el sitio en que habita. Emigrante es la persona que deja su hogar, en tanto que inmigrante se refiere a esa misma persona, pero desde la visión de quien ya llegó a su nuevo destino.

Hay quienes aseguran que no van al psicólogo porque no están locos. El síndrome de Ulises también se podría entender por las adversidades al intentar legalizar la situación migratoria, para encontrar un trabajo, vivienda, comestibles, cosas básicas y salud.

Claudio y María llegaron a Chile desde la ciudad zamorana de Fermoselle. Antes de marchar para América, habían estado en Portugal y allí habían estado vendiendo puntillas. También estuvieron en las Islas Azores. Fueron tantas las privaciones que padecieron… Santiago, el hijo, y su familia volvieron a España. Pasaron los años y Santiago logró su “América” en España. Primero como mecánico y después como conductor de autocares.  Se especializó en el transporte de pasajeros y montó una empresa.

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Pocos son los que dudan que trabajar en el extranjero mejorará la economía familiar.

Pero son negativos los efectos psicológicos de la emigración. Jesus Navas, un jugador sevillano, acabó renunciado a divertirse en el Chelsea por la melancolía de volver a casa. La migración, cuando viene alentada por una necesidad económica, crea rupturas en la familia. El cambio de país también supone la separación con los amigos. Un nuevo estilo de vida, etc. Si hay que estudiar un nuevo idioma, el emigrante deberá aceptar cambios que causan estrés psicológico.

La melancolía del emigrante

Cuando tienes que poner en un lado de una balanza la oportunidad de forjarse un mejor futuro y del otro la melancolía es difícil saber optar. Es el llamado ”síndrome de Ulises”. Puede resultar depresivo, destructivo y en los peores casos, con desenlaces mortales. Corría el siglo XVII cuando ya se utilizaba el término ‘’nostalgia de la inmigración’’. El médico suizo Johann Höfer después de hacer un estudio con un grupo de soldados que estaban lejos de casa presentaban episodios de depresión, insomnio, falta de apetito, ansiedad y hasta fiebre. La conclusión de Hofer fue que la lejanía del hogar era lo provocaba estos síntomas. Y desaparecían siempre que los soldados regresaban a casa.

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La situación Navas

El jugador del Manchester City, el popular español Jesús Navas no fue ajeno a los inconvenientes generados por la melancolía de la inmigración. El año 2006 el nativo de Sevilla rechazó una tentadora oferta para jugar en el Chelsea. Alegó melancolía y una extrema añoranza de su tierra. Hoy en día Navas ya se ha adaptado a Inglaterra donde juega desde el 2013. Pero solo lo ha podido conseguir acudiendo a terapia profesional. El cuadro psicológico que atraviesa un inmigrante con melancolía tiene relación directa con lo que dejó al partir.

La melancolía se llena de los duelos, de los vacíos, de lo perdido que se intenta recuperar.

No es siempre patológica, la mirada hacia atrás cobra otro sentido cuando conseguimos ver el pasado no como algo perdido para toda la vida sino mirándolo con satisfacción por lo logrado. Debemos ver el pasado con inocencia, sin idealizarlo. Hay que integrar lo pasado y lo presente, solo así se podrá andar hacia delante. Hay una melancolía inocua que sirve de aliento y que actúa como fuente de inspiración. Sirve para contrarrestar la soledad, y la melancolía dañina, aquel sentimiento que paraliza a la persona, y la deja anclada en su pasado.

La melancolía nos hace estar siempre pensando en lo que pasó, lo vivido, lo que se ha perdido. Pero no pensamos que, con la partida, no se pierde terminantemente el sitio de origen ni todo lo que representa en la historia personal. Hay que recuperarlo de otra forma, por medio de una conexión simbólica. Los recuerdos seguirán presentes pero integrados. Kernberg (2010) y Neimeyer (2002) sugieren el afrontamiento del desafío habitual, con un diálogo de adentro, recurrente y discreto con lo perdido que fué recuperado simbólicamente.

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